miércoles, 13 de enero de 2016

El amor es:...



Necesito una hoja limpia para hacer que mis dedos y mis ojos interpreten un montón de símbolos. Una hoja limpia es siempre un desafío, como la vida; el punto es que siempre puedes comenzar a escribir desde cero en un archivo de Word nuevo o en un pedazo de papel de fotocopia o puedes comprarte un cuaderno y sentir ese vértigo ante el vacío, pero como para Azimov, que dijo que escribir para él era, “pensar con los dedos”, para mí supone un trabajo de símbolos. Pero la vida no puede empezar en una hoja limpia, porque existe, para fortuna o desfortuna un montón de material acumulado. Millones de palabras e imágenes que vienen a ensuciar o adornar lo que sea que vayamos a comenzar. Éste es mi prólogo.
Me enamoré por primera vez a los tres años, de Miguel Ángel, un vecino de mis abuelos, en Melipilla; él llegaba en las tardes, se sentaba en el zaguán y yo le hacía cariño en el pelo. Me sentaba en su regazo y él jugaba conmigo hasta que era hora de tomar once. A tan temprana edad no sabía el significado de todos esos símbolos que comenzaban a llenarme la mente. El tacto infantil, la necesidad de crear un vínculo con esa persona ajena a mi entorno familiar, el deseo de pertenencia. Aquello me sucedía de manera primitiva, pero asumo que ahí estaba esa fantasía, apenas latiendo, impulsando mi creatividad. Con el tiempo, Miguel Ángel llegó con su primera polola, y a diferencia de lo que se pudiera esperar, la acepté como un miembro más de este círculo de fantasía, y yo, ya más grande, de unos siete años, compartía con la pareja en el mismo zaguán; nuestra complicidad era fantástica. En ese entonces, aun conservando esa primera inocencia y con apenas un puñado de símbolos, (proveídos por Disney) comenzaba este viaje en busca del amor perfecto. Ésta es mi introducción.
Después de más de veinticinco años desde ese primer acercamiento al complejo mundo del enamoramiento, el amor, el desengaño, la pérdida y el duelo, puedo al fin preguntarme; ¿Qué es realmente el amor? ¿Qué es amar a otro? ¿Para qué amar? y un sinfín de preguntas más que pudiesen  surgir en el camino de este texto desprolijo.
A mis treinta años, cumplidos recientemente, no estoy a penas cerca de encontrar esas respuestas, porque tal como lo había comentado antes, hay mucho que interpretar del exterior. Estoy intoxicada con esa creencia popular del amor romántico y perfecto, y siento que tú también eres parte de esa realidad. Y hace falta mucha introspección para poder asumir una postura distinta y realmente creerla, o al menos, como yo; hacer este acto de resiliencia y plantear interrogantes, para vivir de forma sana el presente.
Conforme vas creciendo, asumes una postura frente a la vida que parece, al menos en apariencia, correcta. Conoces a un chico, ese chico te gusta. Y ese “te gusta”, a veces encuentra respuestas superficiales que parecen perfectas para la etapa que estás viviendo. Enamorarse a los quince es más un acto de exploración, es acaso un ensayo de todo lo que vendrá después, pero todo dependerá de la madurez y de nuestra propia inteligencia emocional. A esa edad no buscamos respuestas, buscamos acciones; buscamos crear símbolos propios. La vivencia es fundamental, no importa que el otro no te corresponda, el amor está ahí, como una certeza irrefutable, casi asesina. Pero, al menos en mi caso, esa etapa fueron sólo colores pálidos, sin mucha sustancia.
A cierta edad, pasado los veinte, supuse que estaba lo suficientemente madura para asumir que realmente había encontrado el amor. Porque los símbolos que había recolectado en la infancia y que había creado en la adolescencia eran interpretados, para bien o para mal. Ciertas piezas encajaban y las que quedaban sueltas, trataba de obviarlas, de no interesarme mucho en aquellos sentimientos negativos que afloraban de cuando en cuando. Pero a los veinte, estaba muy lejos de experimentar un amor maduro. Este periodo fue un ensayo revelador. Y todos los paradigmas que tenía frente a la fundación de una vida en pareja se vieron destruidos. El amor, en esa época fue una cosa tan dolorosa como nociva. Aprendí en esa etapa y pude darle un nuevo significado a los símbolos que estaban soldados en mi mente. Pude liberar ciertos miedos y carencias que taladraban incansamente. Claro que todo el aprendizaje fue muy posterior a la ruptura, una vez que el mar estuvo en calma, pude hacer un balance de todo aquello que me había ocurrido. Viví todas las etapas del duelo después de una relación de años, donde había compartido mi vida y mis anhelos con otro que difícilmente encajaba en lo que yo esperaba de una pareja. ¿Hubo amor? Aún no tengo esa respuesta con certeza. Pero yo entregué todo de mí por un proyecto común que finalmente se disolvió.
El tiempo pasó lento, y mientras yo aún cargaba el peso de una experiencia traumática, un buen día me llegó el atisbo de una respuesta; ¿existe el amor? Y si, existía. Y era mucho más de lo que yo suponía que era. Y todo pasó tan rápido y de manera tan violenta que no tuve tiempo de recuperarme, como una cachetada castigadora en la oscuridad. Me subí a una montaña rusa llena de giros y envuelta en un vértigo demoledor. Mis sutiles experiencias fueron minimizadas por este gigante que me devoró por completo. El amor me supo a miel, pero también a sangre. Pero ahí estaba la luz, ahí estaba esa casi respuesta; el amor es un acto de entrega y voluntad. El amor es una decisión abrumadora y que sobrepasa toda expectativa. Y otra vez, después del dolor, aprendí mi lección. Aprendí que el amor es generoso, cálido, empático, suave, vibrante, abierto, simple. El amor es una decisión a largo plazo, no un fogonazo que se dispara al aire y desaparece.
¿Cómo escribir ahora? En una hoja limpia, desde cero y sin miedo a equivocarme. No creo que pueda. Sería más fácil nacer de nuevo. Pero ya que estamos aquí, quiero decirte algunas cosas.
1.       Te he elegido a ti, y sólo a ti en esta etapa de mi vida, para aprender contigo cosas nuevas y maravillosas que estoy segura me harán crecer y valorar más todo lo que tengo y lo que vayamos a construir, sea grande o pequeño.
2.       Me siento enamorada, aunque a veces es difícil saber con certeza qué significa eso realmente.
3.       Valoro cada aspecto de ti, porque contigo pude interpretar perfectamente todos esos símbolos que conocía del amor. Y espero seguir sorprendiéndome con todo lo que puedo descubrir contigo.
4.       Hasta el día de hoy he seguido mi corazón en cada detalle de lo que ha pasado contigo. Yo lo llamaría instinto.
5.       No necesito una etiqueta para demostrarte lo mucho que me importas y todo lo que me haces sentir, pero sí un compromiso verdadero.
6.       Contigo quiero un amor maduro, fresco, intenso y vibrante. Un amor que perdure. Que sea fuerte y que nos haga mejores personas.
7.       Mi voluntad es hacía ti. Mis pensamientos son hacía ti. Mis deseos son hacía a ti.
8.       Todo lo que escribí aquí es más para mí, que para ti, aunque profundamente espero que hagas tuyos estos textos.
9.       Antes de terminar; gracias. Por cada una de las decisiones que tomaste antes de llegar ese día en el que nos conocimos. Me has hecho muy feliz.
10.   El amor es: estar contigo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario