lunes, 29 de mayo de 2017

 
"Nadie es siempre un ganador, y si alguien dice lo contrario, 
o es un mentiroso o no juega al poker" Amarillo Slim
 

domingo, 2 de abril de 2017

Aniversario

Hoy se cumple un año cuatro meses y once días desde que llegaste tarde ese día en Metro Baquedano y yo toda nerviosa, pensé que no llegarías. No quise escribir para noviembre; encuentro que es tan común y silvestre decir cosas bonitas en el aniversario. Un año. Ambos sabemos que un año es poco decir. Estoy acostumbrada a nuestra rutina relajada (la nuestra, no la de la vida en general), que esta relación me parece mucho más larga. Todo encaja perfecto. Me encanta esta vida, de pequeños misterios y luces en el horizonte. No hay más que esta oportunidad de hacer las cosas bien, sobre todo porque ya no existe la necesidad de un final feliz. No quiero un final. Me gusta más la idea de un largo camino en compañía tuya, para esas pequeñas experiencias; como ir a una lectura de poesía o acompañarte a comprar pantalones. Es un camino que se solidifica a cada paso que damos. Tu mano en respuesta a todas mis lágrimas. Cerveza negra a todos los momentos difíciles. No hay ninguna fórmula preconcebida para seguir juntos. Estamos creando nuestra propia fórmula imperfecta. No puedo decir que te amaré toda la vida, eso es algo que ninguno de los dos puede prometer, pero estar a tu lado, me parece la cosa más dulce y reconfortante, no podría dar un paso atrás, no ahora. Hoy se cumple un año cuatro meses y once días desde que festejamos mi cumpleaños en el Patio Bellavista y tuvimos esa larga conversación sobre los temas que nos hacen únicos. Ese día era todo o nada para mí y no me arrepiento ni por un segundo de haberte tomado la mano y haber creído que todas las cosas volverían a su lugar.Hoy, estoy celebrando que estás acostado en la cama con el notebook, viendo algún video de misterios sin resolver, mientras yo te escribo desde el living, después de un día largo de trabajo. Estoy celebrando que saliste a jugar con mi pototina al parque, mientras yo afanaba en los hornos y el negocio. Celebro que te hayas quedado conmigo a pesar de que el barco se nos hundía. Celebro todas las botellas de vino y cerveza negra que nos hemos tomado, las miles de piezas de sushi, todas las conversaciones acostados en el parque forestal o en el monumento. Celebro nuestros encuentros y desencuentros. Te celebro a ti mi amor, por tu paciencia, por mirarme con los ojos más nobles y sinceros que jamás alguien haya tenido. Felices un año cuatro meses y once días. 

jueves, 27 de octubre de 2016


Hoy es un jueves como cualquier otro. Un día más que se atasca en el zapato izquierdo, siempre en el mismo lado. Hace un calor de aquellos, como si un volcán nos quisiera consumir por ser tan raros y antiestéticos. Parece que todos los días fueran iguales, sin embargo. La misma rutina inquietante de decenas de mañanas levantándonos temprano; sonriendo levemente, pisando la ropa del suelo, con el café y el té verde a punto. Parece que la mañana fuera nuestro momento, nuestro idilio clandestino. Otro jueves normal, de ropa sucia y almuerzos apurados, la masa se apresura a fermentar, mis manos se han acostumbrado a todo este vaivén de tareas simples y sincronizadas, mientras tú estás allá, lejos, viviendo quizá qué aventuras, o al menos eso me imagino todo el tiempo. Presumo que tu vida cumple un mismo estándar de rutina que el mio, cumpliendo otras funciones con tus ojos puestos en algun artefacto tecnológico.
Hace unas semanas estuve triste, me sentí vacía, inútil, desmotivada. Estoy segura que no es nada agradable lidiar con una discapacitada mental como yo, pero ahora me siento mejor y quizá por eso escribo ahora, porque mi alma está menos desestructurada, he aprendido una lección después de eso; a comer lentamente las migajas y disfrutar el paisaje, como si uno estuviera de viaje todos los días. Todos los días me bajó en la misma estación y camino hacia el trabajo como una persona común y corriente, veo a la misma gente, y cumplo las mismas funciones día tras día. Hoy es un jueves como cualquier otro, estoy al pie del cañón esperando que el público venga a verme actuar. Hoy es un día normal. ¿Lo es? Anoche nacieron los gatitos de la gata que no tiene dueño, nacieron en el sofá grande, son tres hermosos gatitos maulladores. Se quedarán en la familia, eso está decidido. Estuve planificando el taller que pretendo construir para hacer crecer mi negocio. Hoy me hice una cola de caballo con el corto pelo que tengo. Jugamos con mi chuky toda la mañana, creamos una escuela de gatos y gracias a eso se comió toda la comida y estuvo muy feliz. Ha sido un jueves fenomenal hasta ahora. Un jueves normal lleno de pequeñas aventuras, mi amor.

domingo, 9 de octubre de 2016

365 amaneceres


Los ecos del tiempo se han disipado. He descubierto nuevos olores y sabores en este recorrer de calles y silencios. Porque si, hay silencios enormes desde que te conozco. Y aunque no estoy perturbada, ni es molesta la falta de palabras, es extraño; siempre estuve acostumbrada a la ligereza de palabras, a la inadecuada procedencia de las excusas, a los argumentos inagotables al lado de una copa de vino. Entre tú y yo, tenemos lo imprescindible y lo palpable. Me acostumbro a duras penas a rodearme de tu aura, que es como una cosa ininteligible que me sobrecoge. Un aura llena de misterios infantiles, como si supieras que estás aquí para ser definitivo. No quiero imaginarme nada, porque el futuro es una fantasía para privilegiados; no tengo tanto tiempo, ni recursos para pensar que habrá un mañana que nos halle despiertos mirando el horizonte. Estoy haciendo de mi día una contemplación azarosa. No hay nada que delinee algún armazón poderoso para hacernos invencibles; pereceremos, como todas las cosas bajo el sol, cosas hermosas y terribles, porque eso es lo que somos, a eso pertenecemos… lo hermoso, terrible y desechable. A pocas semanas de dar una vuelta al sol juntos; en la inestabilidad de lo humano juntos, con alegrías y tristezas diminutas persiguiéndonos: ¿cuánto hemos aprendido? ¿qué hemos hallado? ¿qué hemos conseguido y/o perdido? La vida está en constante interrogante para nosotros… respondernos es una tarea irresistible, pero las preguntas que nos hagamos serán las decisivas al final… ¿seguirás conmigo después de estos 365 amaneceres?

miércoles, 13 de enero de 2016

El amor es:...



Necesito una hoja limpia para hacer que mis dedos y mis ojos interpreten un montón de símbolos. Una hoja limpia es siempre un desafío, como la vida; el punto es que siempre puedes comenzar a escribir desde cero en un archivo de Word nuevo o en un pedazo de papel de fotocopia o puedes comprarte un cuaderno y sentir ese vértigo ante el vacío, pero como para Azimov, que dijo que escribir para él era, “pensar con los dedos”, para mí supone un trabajo de símbolos. Pero la vida no puede empezar en una hoja limpia, porque existe, para fortuna o desfortuna un montón de material acumulado. Millones de palabras e imágenes que vienen a ensuciar o adornar lo que sea que vayamos a comenzar. Éste es mi prólogo.
Me enamoré por primera vez a los tres años, de Miguel Ángel, un vecino de mis abuelos, en Melipilla; él llegaba en las tardes, se sentaba en el zaguán y yo le hacía cariño en el pelo. Me sentaba en su regazo y él jugaba conmigo hasta que era hora de tomar once. A tan temprana edad no sabía el significado de todos esos símbolos que comenzaban a llenarme la mente. El tacto infantil, la necesidad de crear un vínculo con esa persona ajena a mi entorno familiar, el deseo de pertenencia. Aquello me sucedía de manera primitiva, pero asumo que ahí estaba esa fantasía, apenas latiendo, impulsando mi creatividad. Con el tiempo, Miguel Ángel llegó con su primera polola, y a diferencia de lo que se pudiera esperar, la acepté como un miembro más de este círculo de fantasía, y yo, ya más grande, de unos siete años, compartía con la pareja en el mismo zaguán; nuestra complicidad era fantástica. En ese entonces, aun conservando esa primera inocencia y con apenas un puñado de símbolos, (proveídos por Disney) comenzaba este viaje en busca del amor perfecto. Ésta es mi introducción.
Después de más de veinticinco años desde ese primer acercamiento al complejo mundo del enamoramiento, el amor, el desengaño, la pérdida y el duelo, puedo al fin preguntarme; ¿Qué es realmente el amor? ¿Qué es amar a otro? ¿Para qué amar? y un sinfín de preguntas más que pudiesen  surgir en el camino de este texto desprolijo.
A mis treinta años, cumplidos recientemente, no estoy a penas cerca de encontrar esas respuestas, porque tal como lo había comentado antes, hay mucho que interpretar del exterior. Estoy intoxicada con esa creencia popular del amor romántico y perfecto, y siento que tú también eres parte de esa realidad. Y hace falta mucha introspección para poder asumir una postura distinta y realmente creerla, o al menos, como yo; hacer este acto de resiliencia y plantear interrogantes, para vivir de forma sana el presente.
Conforme vas creciendo, asumes una postura frente a la vida que parece, al menos en apariencia, correcta. Conoces a un chico, ese chico te gusta. Y ese “te gusta”, a veces encuentra respuestas superficiales que parecen perfectas para la etapa que estás viviendo. Enamorarse a los quince es más un acto de exploración, es acaso un ensayo de todo lo que vendrá después, pero todo dependerá de la madurez y de nuestra propia inteligencia emocional. A esa edad no buscamos respuestas, buscamos acciones; buscamos crear símbolos propios. La vivencia es fundamental, no importa que el otro no te corresponda, el amor está ahí, como una certeza irrefutable, casi asesina. Pero, al menos en mi caso, esa etapa fueron sólo colores pálidos, sin mucha sustancia.
A cierta edad, pasado los veinte, supuse que estaba lo suficientemente madura para asumir que realmente había encontrado el amor. Porque los símbolos que había recolectado en la infancia y que había creado en la adolescencia eran interpretados, para bien o para mal. Ciertas piezas encajaban y las que quedaban sueltas, trataba de obviarlas, de no interesarme mucho en aquellos sentimientos negativos que afloraban de cuando en cuando. Pero a los veinte, estaba muy lejos de experimentar un amor maduro. Este periodo fue un ensayo revelador. Y todos los paradigmas que tenía frente a la fundación de una vida en pareja se vieron destruidos. El amor, en esa época fue una cosa tan dolorosa como nociva. Aprendí en esa etapa y pude darle un nuevo significado a los símbolos que estaban soldados en mi mente. Pude liberar ciertos miedos y carencias que taladraban incansamente. Claro que todo el aprendizaje fue muy posterior a la ruptura, una vez que el mar estuvo en calma, pude hacer un balance de todo aquello que me había ocurrido. Viví todas las etapas del duelo después de una relación de años, donde había compartido mi vida y mis anhelos con otro que difícilmente encajaba en lo que yo esperaba de una pareja. ¿Hubo amor? Aún no tengo esa respuesta con certeza. Pero yo entregué todo de mí por un proyecto común que finalmente se disolvió.
El tiempo pasó lento, y mientras yo aún cargaba el peso de una experiencia traumática, un buen día me llegó el atisbo de una respuesta; ¿existe el amor? Y si, existía. Y era mucho más de lo que yo suponía que era. Y todo pasó tan rápido y de manera tan violenta que no tuve tiempo de recuperarme, como una cachetada castigadora en la oscuridad. Me subí a una montaña rusa llena de giros y envuelta en un vértigo demoledor. Mis sutiles experiencias fueron minimizadas por este gigante que me devoró por completo. El amor me supo a miel, pero también a sangre. Pero ahí estaba la luz, ahí estaba esa casi respuesta; el amor es un acto de entrega y voluntad. El amor es una decisión abrumadora y que sobrepasa toda expectativa. Y otra vez, después del dolor, aprendí mi lección. Aprendí que el amor es generoso, cálido, empático, suave, vibrante, abierto, simple. El amor es una decisión a largo plazo, no un fogonazo que se dispara al aire y desaparece.
¿Cómo escribir ahora? En una hoja limpia, desde cero y sin miedo a equivocarme. No creo que pueda. Sería más fácil nacer de nuevo. Pero ya que estamos aquí, quiero decirte algunas cosas.
1.       Te he elegido a ti, y sólo a ti en esta etapa de mi vida, para aprender contigo cosas nuevas y maravillosas que estoy segura me harán crecer y valorar más todo lo que tengo y lo que vayamos a construir, sea grande o pequeño.
2.       Me siento enamorada, aunque a veces es difícil saber con certeza qué significa eso realmente.
3.       Valoro cada aspecto de ti, porque contigo pude interpretar perfectamente todos esos símbolos que conocía del amor. Y espero seguir sorprendiéndome con todo lo que puedo descubrir contigo.
4.       Hasta el día de hoy he seguido mi corazón en cada detalle de lo que ha pasado contigo. Yo lo llamaría instinto.
5.       No necesito una etiqueta para demostrarte lo mucho que me importas y todo lo que me haces sentir, pero sí un compromiso verdadero.
6.       Contigo quiero un amor maduro, fresco, intenso y vibrante. Un amor que perdure. Que sea fuerte y que nos haga mejores personas.
7.       Mi voluntad es hacía ti. Mis pensamientos son hacía ti. Mis deseos son hacía a ti.
8.       Todo lo que escribí aquí es más para mí, que para ti, aunque profundamente espero que hagas tuyos estos textos.
9.       Antes de terminar; gracias. Por cada una de las decisiones que tomaste antes de llegar ese día en el que nos conocimos. Me has hecho muy feliz.
10.   El amor es: estar contigo.

Metales Pesados (la magia triste del amor)



“Find what you love and let it kill you…”
(Charles Bukowski)
 
Hasta hoy no lo sabía realmente. Hasta qué punto podía doler el pasado. Hasta que maldito y retorcido momento podía uno descomprimir los recuerdos. Entonces lo vi a él, parado frente a un estante lleno de libros mágicos. Parado ahí con ese aire despreocupado, sin una gota de arrogancia; dejándose llevar por mi ansiedad, por mi infantil deseo de llevarlo al más oculto mundo de mis placeres. Ahí estábamos, lejos de la inercia, poseídos por el desenfreno de una vida a todo color. Por dentro mi alma se retorcía, vibraba y gritaba histéricamente una sola pregunta; ¿me amas? Las palabras no salían, el vacío en el estómago se hacía enorme. Allí estaba yo, desprovista de armadura, con la carne expuesta, con el alma libre, danzando en ese espacio atemporal. El beso me mordía los labios. Las manos me picaban por tocar, por deshilachar cada puta hebra de esa vida, de ese ser aterciopelado, lleno de un brillo efervescente. ¿Qué hacían mis sombras en esa danza de libélulas de amanecer? ¿Qué hacían mis heridas sangrantes exponiéndose a las brasas de un sol que brillaba para otros planetas, más simples y luminosos? Me ardía el pecho, me colapsaba el alma al compás de esa marcha fúnebre. Al compás de besos endulzados con esa stevia que te dan en los cafés, con apenas unos gramos mezquinos. Entonces recordé la canción de mi bien amado Nick Cave, “People ain’t no good” y recordé todas esas canciones de amor desgarradoras que me vaciaron una y otra vez, mientras la cabecera de mi cama parecía un río de lágrimas purpura. Recordé los tres poemas que me hicieron falta para amar de una vez y para siempre. Y la pregunta volvió a surgir como un huracán ¿me amas? Y con qué excusa podrías tú amarme. Yo no tengo excusas que dar. El llano perfecto en el que he puesto mis pasos arde, porque yo misma soy una flama, todos mis pasos son una nueva hoguera. Cómo puedes, una y otra vez quemarte sin notar el oscuro túnel de mis brasas. Y parece que fue ayer cuando ensartaba en una lanza mi corazón, dejándolo inutilizable para otras guerras. Estaba cansada. Y cómo no estarlo. Cómo no sucumbir ante ese destino infame en el que yo misma me había dejado sumergir. Cómo no destriparme frente a ese escaparate lleno de retazos de mi alma; Lemebel, Lihn, Fante, Borroughs, Bukowski… ¿Dónde estaban todos ellos? Acabados, hechos polvo en lejanos lugares, donde mis pies sólo han soñado con pisar. Ahí estaba la magia, pero la magia no era mía. El amor no me pertenecía; lo había robado de esos libros. Me había apropiado a la fuerza de un destino abrumador. Un destino que no era para mí. O al que no estaba acostumbrada. El dolor me remecía, por eso mi cara indescifrable frente a la tuya. Con ese libro en la mano, como señal de una lanza nueva que afilar. Allí estaba yo, petrificada por la magia. Tristemente feliz de ser bien amada. Jodidamente injusta con los sentimientos que afloraban en mi pecho. ¿Por qué no arrebatarte la vida con un abrazo intenso? Porque me dolía ese amor perfecto, dulce, inquieto. Porque Shakespare y Girondo. Porque siempre tu y yo. Para nunca, para más tarde, para todas las vidas que nos quedan. Mientras yo, dulcemente enferma de ti.