Necesito una hoja limpia para hacer que mis dedos y mis ojos
interpreten un montón de símbolos. Una hoja limpia es siempre un desafío, como
la vida; el punto es que siempre puedes comenzar a escribir desde cero en un
archivo de Word nuevo o en un pedazo de papel de fotocopia o puedes comprarte
un cuaderno y sentir ese vértigo ante el vacío, pero como para Azimov, que dijo
que escribir para él era, “pensar con los dedos”, para mí supone un trabajo de
símbolos. Pero la vida no puede empezar en una hoja limpia, porque existe, para
fortuna o desfortuna un montón de material acumulado. Millones de palabras e
imágenes que vienen a ensuciar o adornar lo que sea que vayamos a comenzar. Éste
es mi prólogo.
Me enamoré por primera vez a los tres años, de Miguel Ángel,
un vecino de mis abuelos, en Melipilla; él llegaba en las tardes, se sentaba en
el zaguán y yo le hacía cariño en el pelo. Me sentaba en su regazo y él jugaba
conmigo hasta que era hora de tomar once. A tan temprana edad no sabía el
significado de todos esos símbolos que comenzaban a llenarme la mente. El tacto
infantil, la necesidad de crear un vínculo con esa persona ajena a mi entorno
familiar, el deseo de pertenencia. Aquello me sucedía de manera primitiva, pero
asumo que ahí estaba esa fantasía, apenas latiendo, impulsando mi creatividad.
Con el tiempo, Miguel Ángel llegó con su primera polola, y a diferencia de lo
que se pudiera esperar, la acepté como un miembro más de este círculo de
fantasía, y yo, ya más grande, de unos siete años, compartía con la pareja en el
mismo zaguán; nuestra complicidad era fantástica. En ese entonces, aun
conservando esa primera inocencia y con apenas un puñado de símbolos, (proveídos
por Disney) comenzaba este viaje en busca del amor perfecto. Ésta es mi introducción.
Después de más de veinticinco años desde ese primer
acercamiento al complejo mundo del enamoramiento, el amor, el desengaño, la
pérdida y el duelo, puedo al fin preguntarme; ¿Qué es realmente el amor? ¿Qué
es amar a otro? ¿Para qué amar? y un sinfín de preguntas más que pudiesen surgir en el camino de este texto desprolijo.
A mis treinta años, cumplidos recientemente, no estoy a
penas cerca de encontrar esas respuestas, porque tal como lo había comentado
antes, hay mucho que interpretar del exterior. Estoy intoxicada con esa
creencia popular del amor romántico y perfecto, y siento que tú también eres
parte de esa realidad. Y hace falta mucha introspección para poder asumir una
postura distinta y realmente creerla, o al menos, como yo; hacer este acto de resiliencia
y plantear interrogantes, para vivir de forma sana el presente.
Conforme vas creciendo, asumes una postura frente a la vida
que parece, al menos en apariencia, correcta. Conoces a un chico, ese chico te
gusta. Y ese “te gusta”, a veces encuentra respuestas superficiales que parecen
perfectas para la etapa que estás viviendo. Enamorarse a los quince es más un
acto de exploración, es acaso un ensayo de todo lo que vendrá después, pero
todo dependerá de la madurez y de nuestra propia inteligencia emocional. A esa
edad no buscamos respuestas, buscamos acciones; buscamos crear símbolos propios.
La vivencia es fundamental, no importa que el otro no te corresponda, el amor
está ahí, como una certeza irrefutable, casi asesina. Pero, al menos en mi
caso, esa etapa fueron sólo colores pálidos, sin mucha sustancia.
A cierta edad, pasado los veinte, supuse que estaba lo
suficientemente madura para asumir que realmente había encontrado el amor.
Porque los símbolos que había recolectado en la infancia y que había creado en
la adolescencia eran interpretados, para bien o para mal. Ciertas piezas
encajaban y las que quedaban sueltas, trataba de obviarlas, de no interesarme
mucho en aquellos sentimientos negativos que afloraban de cuando en cuando. Pero
a los veinte, estaba muy lejos de experimentar un amor maduro. Este periodo fue
un ensayo revelador. Y todos los paradigmas que tenía frente a la fundación de
una vida en pareja se vieron destruidos. El amor, en esa época fue una cosa tan
dolorosa como nociva. Aprendí en esa etapa y pude darle un nuevo significado a
los símbolos que estaban soldados en mi mente. Pude liberar ciertos miedos y
carencias que taladraban incansamente. Claro que todo el aprendizaje fue muy
posterior a la ruptura, una vez que el mar estuvo en calma, pude hacer un
balance de todo aquello que me había ocurrido. Viví todas las etapas del duelo
después de una relación de años, donde había compartido mi vida y mis anhelos
con otro que difícilmente encajaba en lo que yo esperaba de una pareja. ¿Hubo
amor? Aún no tengo esa respuesta con certeza. Pero yo entregué todo de mí por
un proyecto común que finalmente se disolvió.
El tiempo pasó lento, y mientras yo aún cargaba el peso de
una experiencia traumática, un buen día me llegó el atisbo de una respuesta;
¿existe el amor? Y si, existía. Y era mucho más de lo que yo suponía que era. Y
todo pasó tan rápido y de manera tan violenta que no tuve tiempo de
recuperarme, como una cachetada castigadora en la oscuridad. Me subí a una montaña
rusa llena de giros y envuelta en un vértigo demoledor. Mis sutiles
experiencias fueron minimizadas por este gigante que me devoró por completo. El
amor me supo a miel, pero también a sangre. Pero ahí estaba la luz, ahí estaba
esa casi respuesta; el amor es un acto de entrega y voluntad. El amor es una
decisión abrumadora y que sobrepasa toda expectativa. Y otra vez, después del
dolor, aprendí mi lección. Aprendí que el amor es generoso, cálido, empático,
suave, vibrante, abierto, simple. El amor es una decisión a largo plazo, no un
fogonazo que se dispara al aire y desaparece.
¿Cómo escribir ahora? En una hoja limpia, desde cero y sin
miedo a equivocarme. No creo que pueda. Sería más fácil nacer de nuevo. Pero ya
que estamos aquí, quiero decirte algunas cosas.
1.
Te he elegido a ti, y sólo a ti en esta etapa de
mi vida, para aprender contigo cosas nuevas y maravillosas que estoy segura me
harán crecer y valorar más todo lo que tengo y lo que vayamos a construir, sea
grande o pequeño.
2.
Me siento enamorada, aunque a veces es difícil saber
con certeza qué significa eso realmente.
3.
Valoro cada aspecto de ti, porque contigo pude
interpretar perfectamente todos esos símbolos que conocía del amor. Y espero
seguir sorprendiéndome con todo lo que puedo descubrir contigo.
4.
Hasta el día de hoy he seguido mi corazón en
cada detalle de lo que ha pasado contigo. Yo lo llamaría instinto.
5.
No necesito una etiqueta para demostrarte lo
mucho que me importas y todo lo que me haces sentir, pero sí un compromiso
verdadero.
6.
Contigo quiero un amor maduro, fresco, intenso y
vibrante. Un amor que perdure. Que sea fuerte y que nos haga mejores personas.
7.
Mi voluntad es hacía ti. Mis pensamientos son
hacía ti. Mis deseos son hacía a ti.
8.
Todo lo que escribí aquí es más para mí, que
para ti, aunque profundamente espero que hagas tuyos estos textos.
9.
Antes de terminar; gracias. Por cada una de las
decisiones que tomaste antes de llegar ese día en el que nos conocimos. Me has
hecho muy feliz.
10.
El amor es: estar contigo.