365 amaneceres
Los
ecos del tiempo se han disipado. He descubierto nuevos olores y sabores en este
recorrer de calles y silencios. Porque si, hay silencios enormes desde que te
conozco. Y aunque no estoy perturbada, ni es molesta la falta de palabras, es
extraño; siempre estuve acostumbrada a la ligereza de palabras, a la inadecuada
procedencia de las excusas, a los argumentos inagotables al lado de una copa de
vino. Entre tú y yo, tenemos lo imprescindible y lo palpable. Me acostumbro a
duras penas a rodearme de tu aura, que es como una cosa ininteligible que me
sobrecoge. Un aura llena de misterios infantiles, como si supieras que estás
aquí para ser definitivo. No quiero imaginarme nada, porque el futuro es una
fantasía para privilegiados; no tengo tanto tiempo, ni recursos para pensar que
habrá un mañana que nos halle despiertos mirando el horizonte. Estoy haciendo
de mi día una contemplación azarosa. No hay nada que delinee algún armazón
poderoso para hacernos invencibles; pereceremos, como todas las cosas bajo el
sol, cosas hermosas y terribles, porque eso es lo que somos, a eso pertenecemos…
lo hermoso, terrible y desechable. A pocas semanas de dar una vuelta al sol
juntos; en la inestabilidad de lo humano juntos, con alegrías y tristezas
diminutas persiguiéndonos: ¿cuánto hemos aprendido? ¿qué hemos hallado? ¿qué
hemos conseguido y/o perdido? La vida está en constante interrogante para
nosotros… respondernos es una tarea irresistible, pero las preguntas que nos
hagamos serán las decisivas al final… ¿seguirás conmigo después de estos 365
amaneceres?
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