domingo, 9 de octubre de 2016

365 amaneceres


Los ecos del tiempo se han disipado. He descubierto nuevos olores y sabores en este recorrer de calles y silencios. Porque si, hay silencios enormes desde que te conozco. Y aunque no estoy perturbada, ni es molesta la falta de palabras, es extraño; siempre estuve acostumbrada a la ligereza de palabras, a la inadecuada procedencia de las excusas, a los argumentos inagotables al lado de una copa de vino. Entre tú y yo, tenemos lo imprescindible y lo palpable. Me acostumbro a duras penas a rodearme de tu aura, que es como una cosa ininteligible que me sobrecoge. Un aura llena de misterios infantiles, como si supieras que estás aquí para ser definitivo. No quiero imaginarme nada, porque el futuro es una fantasía para privilegiados; no tengo tanto tiempo, ni recursos para pensar que habrá un mañana que nos halle despiertos mirando el horizonte. Estoy haciendo de mi día una contemplación azarosa. No hay nada que delinee algún armazón poderoso para hacernos invencibles; pereceremos, como todas las cosas bajo el sol, cosas hermosas y terribles, porque eso es lo que somos, a eso pertenecemos… lo hermoso, terrible y desechable. A pocas semanas de dar una vuelta al sol juntos; en la inestabilidad de lo humano juntos, con alegrías y tristezas diminutas persiguiéndonos: ¿cuánto hemos aprendido? ¿qué hemos hallado? ¿qué hemos conseguido y/o perdido? La vida está en constante interrogante para nosotros… respondernos es una tarea irresistible, pero las preguntas que nos hagamos serán las decisivas al final… ¿seguirás conmigo después de estos 365 amaneceres?

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