“Find what you love and let it kill you…”
(Charles Bukowski)
Hasta hoy no lo sabía realmente. Hasta qué punto podía doler
el pasado. Hasta que maldito y retorcido momento podía uno descomprimir los
recuerdos. Entonces lo vi a él, parado frente a un estante lleno de libros mágicos.
Parado ahí con ese aire despreocupado, sin una gota de arrogancia; dejándose
llevar por mi ansiedad, por mi infantil deseo de llevarlo al más oculto mundo
de mis placeres. Ahí estábamos, lejos de la inercia, poseídos por el desenfreno
de una vida a todo color. Por dentro mi alma se retorcía, vibraba y gritaba
histéricamente una sola pregunta; ¿me amas? Las palabras no salían, el vacío en
el estómago se hacía enorme. Allí estaba yo, desprovista de armadura, con la
carne expuesta, con el alma libre, danzando en ese espacio atemporal. El beso me
mordía los labios. Las manos me picaban por tocar, por deshilachar cada puta
hebra de esa vida, de ese ser aterciopelado, lleno de un brillo efervescente.
¿Qué hacían mis sombras en esa danza de libélulas de amanecer? ¿Qué hacían mis
heridas sangrantes exponiéndose a las brasas de un sol que brillaba para otros
planetas, más simples y luminosos? Me ardía el pecho, me colapsaba el alma al
compás de esa marcha fúnebre. Al compás de besos endulzados con esa stevia que
te dan en los cafés, con apenas unos gramos mezquinos. Entonces recordé la
canción de mi bien amado Nick Cave, “People ain’t no good” y recordé todas esas
canciones de amor desgarradoras que me vaciaron una y otra vez, mientras la
cabecera de mi cama parecía un río de lágrimas purpura. Recordé los tres poemas
que me hicieron falta para amar de una vez y para siempre. Y la pregunta volvió
a surgir como un huracán ¿me amas? Y con qué excusa podrías tú amarme. Yo no
tengo excusas que dar. El llano perfecto en el que he puesto mis pasos arde,
porque yo misma soy una flama, todos mis pasos son una nueva hoguera. Cómo
puedes, una y otra vez quemarte sin notar el oscuro túnel de mis brasas. Y
parece que fue ayer cuando ensartaba en una lanza mi corazón, dejándolo
inutilizable para otras guerras. Estaba cansada. Y cómo no estarlo. Cómo no
sucumbir ante ese destino infame en el que yo misma me había dejado sumergir.
Cómo no destriparme frente a ese escaparate lleno de retazos de mi alma;
Lemebel, Lihn, Fante, Borroughs, Bukowski… ¿Dónde estaban todos ellos?
Acabados, hechos polvo en lejanos lugares, donde mis pies sólo han soñado con
pisar. Ahí estaba la magia, pero la magia no era mía. El amor no me pertenecía;
lo había robado de esos libros. Me había apropiado a la fuerza de un destino
abrumador. Un destino que no era para mí. O al que no estaba acostumbrada. El
dolor me remecía, por eso mi cara indescifrable frente a la tuya. Con ese libro
en la mano, como señal de una lanza nueva que afilar. Allí estaba yo,
petrificada por la magia. Tristemente feliz de ser bien amada. Jodidamente
injusta con los sentimientos que afloraban en mi pecho. ¿Por qué no arrebatarte
la vida con un abrazo intenso? Porque me dolía ese amor perfecto, dulce,
inquieto. Porque Shakespare y Girondo. Porque siempre tu y yo. Para nunca, para
más tarde, para todas las vidas que nos quedan. Mientras yo, dulcemente enferma
de ti.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario